Pintor expresionista español, con una larga carrera de reconocimientos. Su pintura encarna el arte moderno de una manera refrescante y pasional, llena de vida y de sol Mediterráneo. Se revindica como un pintor de la calle y propaga la humildad en el mundo del arte. En las siguientes líneas se pueden leer sus observaciones y opiniones más íntimas. Toda una declaración de intenciones.
Para un pintor como yo, obsesionado con la composición y la estructura de mis cuadros, todo en pintura funciona como en un bodegón. El auténtico reto compositivo de todo cuadro es que trabaje en todos sus elementos; que cada una de sus piezas engrane con precisión y respire con sus adyacentes e incluso forme complejas conexiones con zonas alejadas del cuadro, como intrincadas redes neuronales en sinapsis continua.
Esta interconexión oculta consigue que pinturas aparentemente mal realizadas tengan un misterio que nos sublima, un ritmo extraño que no sabemos de dónde procede pero que nos avisa de que hay arte latiendo en sus torpes o feas costuras. Muchos de estos cuadros de mala factura, feos, están admirablemente coordinados por dentro, y los cortemos por donde los cortemos se siguen salvando como pintura autoregenerándose como la cola amputada de un lagarto. Por eso yo soy un apasionado de casi todas las corrientes artísticas y de igual manera no distingo entre temas ni entre géneros en pintura. Todos funcionan igual. Todos son al fin y al cabo un bodegón, una naturaleza viva -nunca muerta- donde disponemos los elementos hasta formar un espacio dinámico que el espectador activa y hace respirar con sus ojos mediante la observación sensible.
Un paisaje es un bodegón; el sol, las nubes y los anchos campos se reparten y se alimentan entre sí como lo hacen un cuenco con los frutos que contiene y la mesa que lo sustenta. Incluso un retrato, si es bueno, se rige por estos contrapesos ocultos que le dan la vida. Hasta Las Meninas de Velázquez sería como un extraordinario bodegón -etéreo y liviano en su cielo, denso y pesado en su humanidad- con espacios profundos y riquísimos que hablan entre sí siguiendo las leyes compositivas del género del bodegón. Un tajo al azar en el cielo de Las Meninas contiene todo su arte, mantiene el nervio y la cadencia del genio, su inigualable hacer, su aire atrapado; una sola hebra de cabello transparente de la infanta Margarita ya vale un mundo, un mundo que habla en perfecta sincronía plástica con, por ejemplo, el denso y untuoso pelaje del gran danés sentado del cuadro. Aquí cada parte contiene al todo, y, como en los escapularios y reliquias de los santos, de un minúsculo trozo emana toda la gracia, toda su capacidad milagrosa.
Una señal inequívoca de fallo en una pintura es el abotargamiento sofocante entre sus partes. Si no hay respiración entre sus fragmentos nunca podrá funcionar ni hacer que el ojo viaje entre las diferentes historias y tramas que esconde. La parálisis y el cansancio del ojo es la muerte de toda pintura. Yo, cuando pinto, sabiendo todo esto, dispongo siempre mis objetos y mis asuntos como en un bodegón, trabajando en un todo pero con el mimo y el tiento de cuidar de lo pequeño, del rasgo imperceptible, de la pequeña grieta viva que desvía el camino de la gota delicada que resbala, como una lágrima, dibujando con precisión la orografía de la capa pictórica. Y lo hago así porque sé que de estos pequeños mundos depende que se active alguna emoción plástica en el espectador y el cuadro empiece a funcionar, a partir de ahí, en toda su maquinaria. Nada más puede desear toda pintura para existir: sólo el ser activada e iniciada mediante la fluida y atenta observación de un espectador sin prejuicios. El resto, gracias al milagro del arte, funcionará por sí solo.












